17.5.14

De cita en cita (2)- Pentagonía


La sección De cita en cita, consiste en ir poniendo citas de un libro que te haya gustado. Yo me vi obligada por mi misma a ir haciendo esta entrada conforme iba leyendo el libro, que en cuestión es Pentagonía  Aunque no he hecho aún la reseña, y no sé cuando la haré).
Me aterra el cariz de tus propuestas, tu vertiginosa conducta, lo tenebroso de tu origen; me aterra tu mero recuerdo, la mención de tu nombre, ¡mi dolorosa Esquirla!, lo vago de tu presencia y, en cambio, lo innegable de tu existencia.
Recuerda, Esquirla en mis ojos, como jugábamos a adivinar nuestras poco comunes pesadillas, a disfrazarnos de los más abyectos asesinos, a dispararnos en el rostro con mis armas de duelo, a impostar la voz clamando ¡auxilio!, ¡justicia!, ¡venganza!.
Por olvidarte, harapienta Esquirla, arranqué la última página de mis cuadernos, planeé bellos delitos, improvisé catástrofes, perfumé la vestimenta de mis títeres favoritos... Esfuerzos vanos.
Y con todo, lo más extraño es que, sabiendo que te he perdido para siempre sé también que jamás, jamás dejaré de tenerte clavada, que habitas en mí, incrustada en mí, terrible parásito de los afectos, pues eres la fisura de mis huesos, la nausea en mi pecho, el hambre, el desvelo, los mechones enredados de mi cabello.
Lo que queda de ti no es sino el vacío del espacio que en otro tiempo ocupaste, una burbuja de aire irrellenable, un desolado vano de tinieblas azuladas apenas luminiscentes.
Tú entrabas y salías de una sala a otra, del mismo modo que una llama de gas flamígero, silenciosa en el paso, misteriosa, dejándome siempre con la enojosa sensación de que no habías estado allí.
Y no hubo más lágrimas, pues tu pobre alma torturada abandonó el delicado estuche de tu cuerpo nacarado.
Solo ahora, paralizado en el mórbido rigor de mi descanso, acierto a comprender por qué
era infinito el dolor de tus abrazos, por qué ardían tus besos, por qué sangraban mis oídos al compás de tus aplausos, por qué mis discos de Joy División sonaban a tierra de cementerio sepultando mis ojos.
Malgastaste tu existencia asomada al esfínter metálico de tu microscopio, analizando la química de los halagos, los pigmentos del sonrojo, el ADN de la cortesía por mí dispensada.